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¿Para qué sirve la ciencia?, entrevista al Dr. Luis Marone

22 de noviembre de 2016, 13:52.

imagen ¿Para qué sirve la ciencia?, entrevista al Dr. Luis Marone

El Dr. Luis Marone en la Facultad.

Por: Guido Prieto, becario de Prensa de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales.

 

¿Para qué sirve la ciencia? Su contribución a la sociedad y la cultura.

 

En 2003, Marcelino Cereijido escribió: “las respuestas que [las] autoridades suelen brindar a los requerimientos imprescindibles de la comunidad de investigadores son del tipo: ‘En este momento tenemos problemas muy graves. Pero prometemos que, en cuanto los resolvamos, incrementaremos el presupuesto para apoyar la investigación’. Y, para probarlo, enumeran una vez más las cuantiosas deudas internas y externas, el apabullante desempleo […] y la espantosa corrupción”.

Trece años después se oyen argumentos similares en pleno debate sobre el recorte presupuestario a la ciencia y la tecnología y resurge la pregunta de cuál es la relevancia de la ciencia para la sociedad y la cultura. Para responderla acudimos al biólogo y epistemólogo Luis Marone, investigador de CONICET, docente y Director de la carrera de Biología de la FCEN.

 

Relevancia como proceso y producto

El rol más difundido de la ciencia es el de producir conocimiento que permita desarrollar tecnologías que a su vez impulsen el desarrollo promoviendo el bienestar social. Sin embargo, Marone advierte que “cuando uno dice que hay una relación directa entre conocimiento, innovación, producción y riqueza, a todo el mundo prima facie le parece que es intuitivamente verdad” pero que muchas veces “cuesta ver esos mecanismos operando en la realidad”. “Hay que tener paciencia y pensar que los procesos no son lineales”, explica, “uno puede disparar dos procesos de desarrollo científico y tecnológico muy parecidos y llegar a resultados diversos porque las sociedades divergen, porque son distintas, porque hay contingencia”, aunque reconoce que “la ciencia está en la base del desarrollo tecnológico y de la fundamentación del accionar de los organismos técnicos”.

Según Marone, en ciencia se requiere de personas curiosas, escépticas, críticas, problematizadoras, imaginativas y rigurosas. Pero opina que “no todo sistema educativo promueve esos valores y no todo sistema que los promueve es eficaz a la hora de formar gente con esas características”. Según su análisis, la desatención de esos valores por parte de algunos académicos lleva a muchos a pensar que los científicos en realidad son dogmáticos. “Me parece que si bien es una diagnosis que se ajusta a cómo actuamos los científicos en algunas oportunidades o a cómo actúan ciertos investigadores, es absolutamente injusta y desalentadora del desarrollo de sociedades con capacidad crítica”, replica.

En resumen, según Marone, “la ciencia es importante por proceso y por producto”, en primer lugar, porque “está en la base de una forma muy particular de entender la vida” que conlleva ciertos valores ya mencionados, y en segundo lugar porque “si conseguimos formar personas con esos valores podemos tener la expectativa de desarrollar un sistema científico-tecnológico eficiente y de alimentar, aunque sea no linealmente, a otros sistemas (por caso productivos) que conforman la sociedad”.

 

La cultura del recorte

El presupuesto nacional para el año 2017 contempla una reducción de los fondos para ciencia y tecnología. Sobre este punto Marone, en sintonía con Cereijido, explica: “Hay una tentación siempre latente en políticos de ideologías diversas de reducir los presupuestos de ciencia, tecnología y educación con la idea de aumentarlos cuando estemos mejor y no se dan cuenta de que estamos mal justamente por desatender la cultura y la educación. Así entramos en un círculo vicioso del cual es difícil salir”.

Según el investigador una de las razones que suelen invocarse para justificar estas decisiones es la falta de eficacia del sistema científico-tecnológico, “con lo cual volvemos a las relaciones simples y lineales al pensar que si un solo subsistema (por caso el CyT) de la sociedad funciona más o menos bien consigue por sí solo los demás cambios que conducen al desarrollo”, insiste. “Me parece que ese discurso eficientista pasa por alto la conveniencia de mantener grupos científicos activos con el objetivo de impactar en la cultura para que, a su vez, ésta impacte en el desarrollo”, recalca.

 

¿Qué debemos exigir?

La exigencia de eficacia práctica genera dos problemas según el experto. El primero consiste en que funcionarios y sociedad no científica en general exigen a los científicos o tecnólogos que resuelvan en poco tiempo problemas para los que la humanidad no ha encontrado respuestas aún, después de años de estudio. “Y aquí entra en juego la tentación de algunos científicos de pensar que eso es razonable y no decirle claramente a la sociedad que imaginar (y validar) maneras de resolver problemas no es lo mismo que resolverlos con un protocolo que ya existe”, apunta el biólogo.

El segundo problema, asociado al primero, consiste, según Marone, en que “el aparato científico-tecnológico debería estar fundamentalmente orientado a resolver problemas que hoy no tienen solución” pero se suele recurrir a científicos para que transfieran conocimiento a entidades administrativas para que funcionen bien (que hagan servicios). Aunque en ciertos casos esa demanda es comprensible, “inicia un proceso en el que se pide a los científicos que abandonen su función de libres inquisidores sobre problemas no resueltos para que recurran a lo que ya está en los libros y realicen tareas que puede realizar un profesional o un técnico”.

Lejos de constituir un mero malentendido, “cuando esto sucede hemos confundido a la sociedad porque le hemos mostrado que utilizar el conocimiento es lo mismo que generarlo”, se lamenta el especialista, “entonces cuando los científicos o tecnólogos genuinos arriesgan en sus investigaciones y no siempre obtienen resultados positivos (aplicables), la sociedad los ve como ineficientes”.

A modo de conclusión sobre este tema, el epistemólogo reflexiona: “Me parece que estamos en condiciones de transmitirle a la sociedad cuál es el verdadero papel del sistema científico-tecnológico para que tenga expectativas a escala y nos juzgue por nuestro compromiso, esfuerzo y talento para lo que tenemos que hacer, que es innovar ya sea en conocimiento puro o de consecuencias prácticas y económicas”.

 

El compromiso social del científico

Sheldon Cooper, el protagonista de la serie televisiva ‘The Big Bang Theory’, es el arquetipo de las caricaturas del científico: raro, introvertido, antisocial. Pero en la realidad, hay científicos ‘de todo tipo’. Por ejemplo, el eminente físico norteamericano Richard Feynman y el matemático argentino Manuel Sadosky estaban muy interesados en el rol social de la ciencia. La diferencia entre estas personalidades ¿puede ser entendida como una diferencia de compromiso con la sociedad?

Marone opina que no hay que olvidar que “en la sociedad se cumplen distintos roles” y que ambos ‘tipos’ “pueden ser gente que está siendo productiva para la sociedad” y que por lo tanto “hay que tomar como punto de partida la aceptación de las diferencias y -eso sí- a todos pedirles mucho compromiso, sobre todo si el Estado financia, como es el caso de la ciencia”.

Además, el investigador señala que incluso muchos de aquellos científicos con “características psicológicas particulares” (es decir, del estilo de Sheldon Cooper), “han sido capaces de explicar cuestiones que ocurren en la naturaleza o la sociedad, permitiéndoles por ejemplo a personas con curiosidad existencial pero que no son religiosas, responder con filosofía y ciencia preguntas profundas a partir de esa propia curiosidad”. Finalmente “parte de esa curiosidad termina en el desarrollo de capacidades y aptitudes que es deseable que la gente tenga y la educación brinde, y otra parte estimula el desarrollo de preguntas con utilidad práctica”, con lo que el sistema se retroalimenta.

 

¿Pensamos “científicamente”?

Todos (los que podemos) gozamos del conocimiento científico y de la tecnología derivada del mismo, pero ¿utilizamos la manera de pensar propia de la ciencia? Marone responde: “yo diría que el pensamiento científico más vinculado al método que al producto es a veces hasta difícil de encontrar en el propio sistema de ciencia y tecnología. Es decir, el hecho de que nos ganemos la vida como investigadores no implica que siempre optemos por abandonar los automatismos y apostar por la reflexión, y a veces el apuro por cumplir las normas que nos imponemos nos llevan a seguir hacia delante no tan reflexivamente como sería deseable”. Continúa: “esto significa que a veces no se fomentan la curiosidad y el espíritu crítico en el espacio donde deberían fomentarse, entonces en la sociedad tenemos un maestro menos que nos muestre ese camino”.

“Si a eso le sumamos que hay espacios de dogmatismo bien articulados y organizados (desde espacios políticos, metafísicos o religiosos hasta la administración de un club de barrio), la tentación al dogmatismo, los automatismos y la falta de reflexión es muy fuerte”, sugiere el investigador. “Por eso es muy importante analizar la ciencia y enseñarla como producto pero también como un proceso crítico, creativo y riguroso que alienta una forma particular de enfrentar problemas y buscar soluciones”.

Pero, en definitiva, ¿cuál sería el beneficio de pensar “científicamente”? Marone piensa que “una de las enseñanzas de la ciencia es atender las buenas razones, en particular la lógica y la evidencia”, y por lo tanto “caminos que a veces conducen a discusiones interminables, en muchas sociedades -que apuestan a los valores señalados- han terminado en un buen desarrollo integral y una buena calidad de vida de la gente”.

 

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